Como
periodista especializado en temas culturales y como aficionado
he seguido con interés el desarrollo del Certamen Internacional
de Cantautores Carlos Cano. Concluida la primera edición
del concurso y después de dejar unos días para
la reflexión se me ocurre que, sólo una valoración
crítica y con profundidad del certamen, pueden salvarlo
de ser lo que ha sido en esta edición: una iniciativa
pseudocultural más que desmerece el nombre del homenajeado,
el de un género que en sólo Andalucía
ha alumbrado a figuras de la talla -además de la del
propio Carlos Cano-, de Joaquín Sabina y de Javier
Ruibal, el las instituciones públicas que lo han patrocinado
y el de a quienes éstas representan.
Se puede convocar un concurso de cantautores y hacer público
en diversos medios que el jurado del mismo (asunto que, ante
la falta de profesionalidad, criterio y seriedad que abunda
tanto en el género, es clave para que un artista decida
si se presenta o no), va a estar integrado por grandes figuras
de la canción de autor (Sabina, Pablo Milanés,
Javier Ruibal e incluso -por qué no- Bob Dylan) y que
luego ninguno de ellos participe o tenga algo que ver con
él. Pero no en nombre de Carlos Cano y contando con
el apoyo de las instituciones.
Se puede convocar un concurso de cantautores y prometer la
luna comprometiendo la organización paralela de una
serie de actos variados y de interés que ayuden a difundir
la música de autor y a los participantes seleccionados
y que todo ello se quede prácticamente en agua de borrajas.
Pero no en nombre de Carlos Cano y con el apoyo de las instituciones.
Se puede convocar un concurso de cantautores, género
donde por encima de todo prima la individualidad artística
y creativa y con ella el máximo respeto a la expresión
musical y literaria del cantautor y luego homologar
todos los temas seleccionados a concurso con arreglos, no
ya poco afortunados, sino propios de cualquier otro tipo de
género (pop, rock, etcétera), desvirtuándolos
y acercándolos a cualquier producto más de la
música de masas. Pero no en nombre de Carlos Cano y
con el apoyo de las instituciones.
Se puede aceptar como inevitable lo reseñado en el
párrafo anterior y que ello no se cumpla en el caso
de varios de los artistas seleccionados, habiendo entre los
concursantes quienes –varios- arreglen, graben, y aporten
sus temas ya elaborados incumpliendo las más elementales
condiciones de igualdad. Pero no en nombre de Carlos Cano
y con el apoyo de las instituciones.
Se puede organizar (cualquier productora privada puede hacerlo)
un certamen en parte financiado con dinero público
y gracias a ello promocionarse a sí misma y a sus artistas,
en este caso los famosos cantautores Pablo Abraira, Valderrama
y Mar Adentro (¿Por qué no? –Respondió
la organización: son autores de los temas que interpretan,
menos mal que no les dio por traer a El Fary) invitándolos
una la gala de entrega de premios co-dirigida por un humorista
y convertir el acto en algo parecido a un esperpento. Pero
no en nombre de Carlos Cano y con el apoyo de las instituciones.
Se puede otorgar uno de los premios a una canción que
incumple doble y claramente el espíritu de las bases
(si no las bases mismas) del certamen, por estar editada y
por haber procurado a una de las cantautoras premiadas otro
galardón en un concurso de ámbito nacional celebrado
en el mes de mayo de este mismo año 2003. Pero no en
nombre de Carlos Cano y con el apoyo de las instituciones.
Sin entrar en qué parte de estos desatinos corresponde
a las limitaciones y a la incapacidad de los organizadores
(que pretenden hacer pasar cualquier crítica al certamen
por una crítica contra el género) y qué
parte a la búsqueda plena y consciente de su propio
interés (algo que en otro tipo de iniciativas puede
resultar legítimo pero no en ésta), parece obvio
que este certamen necesita un replanteo urgente que cuestione
su propia existencia, obviamente la del equipo organizador
y –finalmente- las instituciones.
Si éstas –las instituciones- no pueden garantizar
el respeto que merecen el artista que da nombre al certamen,
el género de la canción de autor (que también
necesita un debate urgente), ellas mismas y a quienes éstas
representan, no tiene ningún sentido –más
bien al contrario- apoyarlo. Como he dicho varias veces a
lo largo de esta carta y como colofón, en el psicodélico
y contradictorio ámbito de la cultura de este país
todo se puede hacer, pero no en nombre de Carlos Cano y con
el apoyo de las instituciones.
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