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No en el nombre de Carlos Cano, no con el apoyo de las instituciones
Por
Luis Fernández Zaurín, periodista, escritor y autor de Camarón, biografía de un mito (RBA Ediciones, Barcelona, 2002)
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Como periodista especializado en temas culturales y como aficionado he seguido con interés el desarrollo del Certamen Internacional de Cantautores Carlos Cano. Concluida la primera edición del concurso y después de dejar unos días para la reflexión se me ocurre que, sólo una valoración crítica y con profundidad del certamen, pueden salvarlo de ser lo que ha sido en esta edición: una iniciativa pseudocultural más que desmerece el nombre del homenajeado, el de un género que en sólo Andalucía ha alumbrado a figuras de la talla -además de la del propio Carlos Cano-, de Joaquín Sabina y de Javier Ruibal, el las instituciones públicas que lo han patrocinado y el de a quienes éstas representan.

Se puede convocar un concurso de cantautores y hacer público en diversos medios que el jurado del mismo (asunto que, ante la falta de profesionalidad, criterio y seriedad que abunda tanto en el género, es clave para que un artista decida si se presenta o no), va a estar integrado por grandes figuras de la canción de autor (Sabina, Pablo Milanés, Javier Ruibal e incluso -por qué no- Bob Dylan) y que luego ninguno de ellos participe o tenga algo que ver con él. Pero no en nombre de Carlos Cano y contando con el apoyo de las instituciones.

Se puede convocar un concurso de cantautores y prometer la luna comprometiendo la organización paralela de una serie de actos variados y de interés que ayuden a difundir la música de autor y a los participantes seleccionados y que todo ello se quede prácticamente en agua de borrajas. Pero no en nombre de Carlos Cano y con el apoyo de las instituciones.

Se puede convocar un concurso de cantautores, género donde por encima de todo prima la individualidad artística y creativa y con ella el máximo respeto a la expresión musical y literaria del cantautor y luego homologar todos los temas seleccionados a concurso con arreglos, no ya poco afortunados, sino propios de cualquier otro tipo de género (pop, rock, etcétera), desvirtuándolos y acercándolos a cualquier producto más de la música de masas. Pero no en nombre de Carlos Cano y con el apoyo de las instituciones.

Se puede aceptar como inevitable lo reseñado en el párrafo anterior y que ello no se cumpla en el caso de varios de los artistas seleccionados, habiendo entre los concursantes quienes –varios- arreglen, graben, y aporten sus temas ya elaborados incumpliendo las más elementales condiciones de igualdad. Pero no en nombre de Carlos Cano y con el apoyo de las instituciones.

Se puede organizar (cualquier productora privada puede hacerlo) un certamen en parte financiado con dinero público y gracias a ello promocionarse a sí misma y a sus artistas, en este caso los famosos cantautores Pablo Abraira, Valderrama y Mar Adentro (¿Por qué no? –Respondió la organización: son autores de los temas que interpretan, menos mal que no les dio por traer a El Fary) invitándolos una la gala de entrega de premios co-dirigida por un humorista y convertir el acto en algo parecido a un esperpento. Pero no en nombre de Carlos Cano y con el apoyo de las instituciones.

Se puede otorgar uno de los premios a una canción que incumple doble y claramente el espíritu de las bases (si no las bases mismas) del certamen, por estar editada y por haber procurado a una de las cantautoras premiadas otro galardón en un concurso de ámbito nacional celebrado en el mes de mayo de este mismo año 2003. Pero no en nombre de Carlos Cano y con el apoyo de las instituciones.

Sin entrar en qué parte de estos desatinos corresponde a las limitaciones y a la incapacidad de los organizadores (que pretenden hacer pasar cualquier crítica al certamen por una crítica contra el género) y qué parte a la búsqueda plena y consciente de su propio interés (algo que en otro tipo de iniciativas puede resultar legítimo pero no en ésta), parece obvio que este certamen necesita un replanteo urgente que cuestione su propia existencia, obviamente la del equipo organizador y –finalmente- las instituciones.

Si éstas –las instituciones- no pueden garantizar el respeto que merecen el artista que da nombre al certamen, el género de la canción de autor (que también necesita un debate urgente), ellas mismas y a quienes éstas representan, no tiene ningún sentido –más bien al contrario- apoyarlo. Como he dicho varias veces a lo largo de esta carta y como colofón, en el psicodélico y contradictorio ámbito de la cultura de este país todo se puede hacer, pero no en nombre de Carlos Cano y con el apoyo de las instituciones.

Por Luis F. Zaurín
periodista, escritor y autor de Camarón, biografía de un mito (RBA Ediciones, Barcelona, 2002)
lfzaurin
 
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